dilluns, 26 d’abril del 2010

Lliurament de premis del X Premi Edith Stein

Ja estem en l'etapa final del «X Premi Edit Stein d'Assaig de Cultura Bíblica», que sota el lema «Diners i treball a la Bíblia» ha estat tot un èxit.

Hem rebut 80 treballs diferents, alguns d'ells de gran qualitat.

Us convidem a participar de la festa de cloenda d'aquest esdeveniment, al Paranimf de la Universitat de Barcelona, el dissabte 15 de maig, a les 11h. del matí.


Més informació...

dilluns, 12 d’abril del 2010

«Palabras de vida», una nueva colección bíblica

El próximo sábado, 17 de abril, a las 6 h. de la tarde, se presentará una nueva colección divulgativa bíblica: «Palabras de vida»

Lugar: Librería Paulinas (Rda. Sant Pere 19-21 – 08010 Barcelona) -> ver plano


dimarts, 16 de març del 2010

El amor esponsal como imagen del amor de Dios


Cualquier afirmación que hagamos de Dios será siempre inapropiada, inexacta. La teología apofántica o teología negativa asevera: «si de Dios puedo afirmar algo, éste no es Dios». Sin llegar a compartir plenamente esta afirmación, al menos en su forma extrema, sí que creemos que todas las aproximaciones que hagamos de Dios serán siempre eso, aproximaciones. Nunca podremos llegar a aserciones unívocas sobre Él, nos tendremos que conformar con movernos en el mundo de la analogía (no del equívoco), con todas las limitaciones que eso supone.

Una vez manifestados estos presupuestos, constatamos que en la Biblia encontramos, con frecuencia, afirmaciones sobre Dios. Se habla de su santidad, de su justicia, de su misericordia, etc. También se le aplican sentimientos, a imagen de los sentimientos humanos: amor, ira, paciencia, fidelidad... Y, de forma similar, diversas realidades humanas se convierten en iconos de la realidad íntima de Dios. Nada de ello define ni, menos aún, agota la realidad divina, pero nos sirven para comprender un poco más al Dios de la Biblia.

El amor esponsal será una imagen privilegiada para expresar de forma plástica cómo es el amor de Dios. Este amor tomará la forma de enamoramiento, de atracción, de pasión, de fidelidad, de respeto, de diálogo amoroso...

Es curioso que en hebreo no existe una palabra que se corresponda exactamente con la nuestra «matrimonio». De hecho en la Biblia se habla de pacto, de alianza (berit, en hebreo) entre un hombre y una mujer, y se corresponde a la idea del pacto o alianza de Dios con su pueblo. De ahí que la imagen del matrimonio servirá para evocar las relaciones de Dios e Israel, de Dios y la comunidad creyente, de Dios y la persona humana.

Los textos que reproducen esta imagen son heterogéneos, aunque serán los libros proféticos y los sapienciales los que con más frecuencia la utilizarán.

Descubriremos este símil en la dura experiencia matrimonial del profeta Oseas (Os 1-3). El profeta se casa con una prostituta, de la que acaba enamorándose, pero no es correspondido en ese amor. Su esposa, Gómer, le es infiel de forma continuada. Después de múltiples infidelidades, el profeta presenta una acusación formal contra ella ante sus hijos (2,4-8). La relación esponsal ha terminado: ya no hay posibilidad alguna de reconciliación. Las infidelidades, las prostituciones han sido muchas y frecuentes. Oseas decide abandonarla, repudiarla: ya no la reconoce como esposa. La lectura en clave de las relaciones entre el Señor e Israel nace de forma espontánea: el pueblo ha sido infiel, se ha prostituido con falsos dioses; sólo es merecedor del abandono de Dios.

La siguiente escena (2,9-15) aumenta en fuerza dramática. Gómer corre tras sus amantes que la han abandonado. Ella esperaba encontrar con ellos la felicidad, conseguir de ellos «el trigo, el mosto y el aceite», y no lo consigue. El trigo, el vino (o mosto) y el aceite son los frutos de la tierra imprescindibles para sobrevivir en la cultura mediterránea del Antiguo Próximo Oriente, y era obligación del esposo proveer de ellos a la esposa. El profeta negará este derecho a su esposa, ya no se lo merece; no tiene ningún derecho. La lectura teológica también es obvia: Israel no tiene derecho a ningún privilegio de Dios, a causa de sus infidelidades, por buscar en otros dioses lo que sólo podía encontrar en el Dios de Israel.

En la tercera y última escena (2,16-18) es Dios mismo quien toma la palabra, no el profeta. El tono ya no es de rabia, venganza o castigo. Hay un cambio de lógica. El lenguaje actual es el de un esposo enamorado, capaz de perdonar y olvidar, por amor, cualquier cosa. El camino que elige el Señor no se corresponde con la lógica humana, es totalmente distinto al propuesto en las dos escenas anteriores. Yahvé opta por «seducir» a su amada Israel, por volverla a enamorar. Y, para ello, decide llevarla al desierto, lugar donde nació el amor, el pacto de alianza entre ambos. Y allí «le hablaré al corazón». El esposo espera ansioso la respuesta de la esposa, necesita sentirse amado por ella, recobrar el primer amor de juventud.

Es un texto precioso que nos aproxima a entender cómo Dios ama, como nos ama. Ejemplos similares encontraremos en otros libros (Is 62,1-9; Ez 16,7b-63; Ct; etc.). Y es que el amor de Dios es único
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dilluns, 1 de març del 2010

Retiro bíblico de Cuaresma


Retiro bíblico para este tiempo fuerte de Cuaresma, en torno a algunos textos bíblicos del libro de Isaías.

Fecha: 20 de marzo de 2009, de 10 a 19h. (se puede asistir a todos los actos o a algunos de ellos)
Lugar: Parroquia de la Milagrosa (Consell de Cent, 110 - Barcelona)


dimarts, 16 de febrer del 2010

Un Dios que se manifiesta en la historia


La experiencia primordial de Israel, de la que encontramos continuamente ecos en toda la Biblia hebrea, es la de un Dios que se hace presente en la historia del pueblo; un Dios que participa del devenir de su existencia cotidiana. El Dios de la Biblia se revela a sí mismo como «Señor de la historia». Este señorío no tiene como objetivo el manipular la historia humana ni el convertir a sus protagonistas, los hombres y las mujeres, en marionetas. Es un Dios que quiere el bien del ser humano, que le muestra –no le impone– el camino idóneo, advirtiéndole de los peligros de seguir una opción errónea, engañosa, injusta.

El Señor de la historia aparece como un Dios «parcial», Alguien que se pone del lado del más débil, del oprimido, del pequeño… Aquellos que no tienen quien les defienda, que nadie apuesta por su causa, tienen de su parte al Señor.

Sobre todo, pero no exclusivamente, las narraciones del Éxodo nos hablan de un Dios que no permanece impasible ante el sufrimiento del oprimido. Dios no es un mero espectador de la historia –como en muchas ocasiones es presentado o imaginado–; Él escucha su clamor, recuerda su Alianza, mira la humillación que están padeciendo, conoce a su pueblo (cf. Ex 2,23-25).

Escuchar, recordar y mirar son verbos, acciones que implican a toda la persona en la antropología bíblica, que indican la totalidad. Dios se involucra plenamente en la historia humana, toma partido por los más débiles: los escucha, los mira compadeciéndose, es fiel a sus promesas. Dios también «conoce» a su pueblo. El verbo «conocer» en hebreo tiene un sentido de intensidad, de relación personal, de intimidad. El Dios de Israel no conoce superficialmente o de oídas, conoce en profundidad, hace suyo el sufrimiento del oprimido.

El texto que podemos seguir leyendo nos narra el cómo Dios se vale de una persona, de Moisés, para ejecutar su acción salvífica, en favor del pueblo. Moisés es un personaje con muchas limitaciones, que se siente impotente para realizar lo que Dios le pide y, por tanto, manifiesta al Señor muchas objeciones a la misión (Ex 3,11-15; 4,1-18). Aún así llevará al pueblo, con la ayuda imprescindible del Señor, a su liberación.

Es tan crucial esta experiencia liberadora para el pueblo israelita que desde entonces celebrará, como su fiesta principal, el Pesaj o fiesta de la Pascua. Incluso las primeras comunidades de seguidores de Jesús sentirán la necesidad de hacer una lectura pascual de la muerte y resurrección de Jesús: una nueva Pascua con apertura universal y definitiva.

La experiencia de un Dios que se manifiesta en la historia será una constante tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. El Dios de Israel, el Dios de Jesús no es un dios ajeno al sufrimiento humano; es un Dios que se solidariza con dicho sufrimiento, que suscita personas que –de forma consciente o no tan consciente– realizan su acción liberadora, de servicio, de solidaridad, de amor desinteresado.

Jesús con su vida, con su predicación, con su muerte y resurrección nos mostró de forma diáfana a ese Dios siempre presente en nuestra vida, en nuestra historia personal, comunitaria, universal, compartiendo las necesidades y sufrimientos humanos, así como también las alegrías y esperanzas.