dimarts, 16 de març del 2010

El amor esponsal como imagen del amor de Dios


Cualquier afirmación que hagamos de Dios será siempre inapropiada, inexacta. La teología apofántica o teología negativa asevera: «si de Dios puedo afirmar algo, éste no es Dios». Sin llegar a compartir plenamente esta afirmación, al menos en su forma extrema, sí que creemos que todas las aproximaciones que hagamos de Dios serán siempre eso, aproximaciones. Nunca podremos llegar a aserciones unívocas sobre Él, nos tendremos que conformar con movernos en el mundo de la analogía (no del equívoco), con todas las limitaciones que eso supone.

Una vez manifestados estos presupuestos, constatamos que en la Biblia encontramos, con frecuencia, afirmaciones sobre Dios. Se habla de su santidad, de su justicia, de su misericordia, etc. También se le aplican sentimientos, a imagen de los sentimientos humanos: amor, ira, paciencia, fidelidad... Y, de forma similar, diversas realidades humanas se convierten en iconos de la realidad íntima de Dios. Nada de ello define ni, menos aún, agota la realidad divina, pero nos sirven para comprender un poco más al Dios de la Biblia.

El amor esponsal será una imagen privilegiada para expresar de forma plástica cómo es el amor de Dios. Este amor tomará la forma de enamoramiento, de atracción, de pasión, de fidelidad, de respeto, de diálogo amoroso...

Es curioso que en hebreo no existe una palabra que se corresponda exactamente con la nuestra «matrimonio». De hecho en la Biblia se habla de pacto, de alianza (berit, en hebreo) entre un hombre y una mujer, y se corresponde a la idea del pacto o alianza de Dios con su pueblo. De ahí que la imagen del matrimonio servirá para evocar las relaciones de Dios e Israel, de Dios y la comunidad creyente, de Dios y la persona humana.

Los textos que reproducen esta imagen son heterogéneos, aunque serán los libros proféticos y los sapienciales los que con más frecuencia la utilizarán.

Descubriremos este símil en la dura experiencia matrimonial del profeta Oseas (Os 1-3). El profeta se casa con una prostituta, de la que acaba enamorándose, pero no es correspondido en ese amor. Su esposa, Gómer, le es infiel de forma continuada. Después de múltiples infidelidades, el profeta presenta una acusación formal contra ella ante sus hijos (2,4-8). La relación esponsal ha terminado: ya no hay posibilidad alguna de reconciliación. Las infidelidades, las prostituciones han sido muchas y frecuentes. Oseas decide abandonarla, repudiarla: ya no la reconoce como esposa. La lectura en clave de las relaciones entre el Señor e Israel nace de forma espontánea: el pueblo ha sido infiel, se ha prostituido con falsos dioses; sólo es merecedor del abandono de Dios.

La siguiente escena (2,9-15) aumenta en fuerza dramática. Gómer corre tras sus amantes que la han abandonado. Ella esperaba encontrar con ellos la felicidad, conseguir de ellos «el trigo, el mosto y el aceite», y no lo consigue. El trigo, el vino (o mosto) y el aceite son los frutos de la tierra imprescindibles para sobrevivir en la cultura mediterránea del Antiguo Próximo Oriente, y era obligación del esposo proveer de ellos a la esposa. El profeta negará este derecho a su esposa, ya no se lo merece; no tiene ningún derecho. La lectura teológica también es obvia: Israel no tiene derecho a ningún privilegio de Dios, a causa de sus infidelidades, por buscar en otros dioses lo que sólo podía encontrar en el Dios de Israel.

En la tercera y última escena (2,16-18) es Dios mismo quien toma la palabra, no el profeta. El tono ya no es de rabia, venganza o castigo. Hay un cambio de lógica. El lenguaje actual es el de un esposo enamorado, capaz de perdonar y olvidar, por amor, cualquier cosa. El camino que elige el Señor no se corresponde con la lógica humana, es totalmente distinto al propuesto en las dos escenas anteriores. Yahvé opta por «seducir» a su amada Israel, por volverla a enamorar. Y, para ello, decide llevarla al desierto, lugar donde nació el amor, el pacto de alianza entre ambos. Y allí «le hablaré al corazón». El esposo espera ansioso la respuesta de la esposa, necesita sentirse amado por ella, recobrar el primer amor de juventud.

Es un texto precioso que nos aproxima a entender cómo Dios ama, como nos ama. Ejemplos similares encontraremos en otros libros (Is 62,1-9; Ez 16,7b-63; Ct; etc.). Y es que el amor de Dios es único
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dilluns, 1 de març del 2010

Retiro bíblico de Cuaresma


Retiro bíblico para este tiempo fuerte de Cuaresma, en torno a algunos textos bíblicos del libro de Isaías.

Fecha: 20 de marzo de 2009, de 10 a 19h. (se puede asistir a todos los actos o a algunos de ellos)
Lugar: Parroquia de la Milagrosa (Consell de Cent, 110 - Barcelona)


dimarts, 16 de febrer del 2010

Un Dios que se manifiesta en la historia


La experiencia primordial de Israel, de la que encontramos continuamente ecos en toda la Biblia hebrea, es la de un Dios que se hace presente en la historia del pueblo; un Dios que participa del devenir de su existencia cotidiana. El Dios de la Biblia se revela a sí mismo como «Señor de la historia». Este señorío no tiene como objetivo el manipular la historia humana ni el convertir a sus protagonistas, los hombres y las mujeres, en marionetas. Es un Dios que quiere el bien del ser humano, que le muestra –no le impone– el camino idóneo, advirtiéndole de los peligros de seguir una opción errónea, engañosa, injusta.

El Señor de la historia aparece como un Dios «parcial», Alguien que se pone del lado del más débil, del oprimido, del pequeño… Aquellos que no tienen quien les defienda, que nadie apuesta por su causa, tienen de su parte al Señor.

Sobre todo, pero no exclusivamente, las narraciones del Éxodo nos hablan de un Dios que no permanece impasible ante el sufrimiento del oprimido. Dios no es un mero espectador de la historia –como en muchas ocasiones es presentado o imaginado–; Él escucha su clamor, recuerda su Alianza, mira la humillación que están padeciendo, conoce a su pueblo (cf. Ex 2,23-25).

Escuchar, recordar y mirar son verbos, acciones que implican a toda la persona en la antropología bíblica, que indican la totalidad. Dios se involucra plenamente en la historia humana, toma partido por los más débiles: los escucha, los mira compadeciéndose, es fiel a sus promesas. Dios también «conoce» a su pueblo. El verbo «conocer» en hebreo tiene un sentido de intensidad, de relación personal, de intimidad. El Dios de Israel no conoce superficialmente o de oídas, conoce en profundidad, hace suyo el sufrimiento del oprimido.

El texto que podemos seguir leyendo nos narra el cómo Dios se vale de una persona, de Moisés, para ejecutar su acción salvífica, en favor del pueblo. Moisés es un personaje con muchas limitaciones, que se siente impotente para realizar lo que Dios le pide y, por tanto, manifiesta al Señor muchas objeciones a la misión (Ex 3,11-15; 4,1-18). Aún así llevará al pueblo, con la ayuda imprescindible del Señor, a su liberación.

Es tan crucial esta experiencia liberadora para el pueblo israelita que desde entonces celebrará, como su fiesta principal, el Pesaj o fiesta de la Pascua. Incluso las primeras comunidades de seguidores de Jesús sentirán la necesidad de hacer una lectura pascual de la muerte y resurrección de Jesús: una nueva Pascua con apertura universal y definitiva.

La experiencia de un Dios que se manifiesta en la historia será una constante tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. El Dios de Israel, el Dios de Jesús no es un dios ajeno al sufrimiento humano; es un Dios que se solidariza con dicho sufrimiento, que suscita personas que –de forma consciente o no tan consciente– realizan su acción liberadora, de servicio, de solidaridad, de amor desinteresado.

Jesús con su vida, con su predicación, con su muerte y resurrección nos mostró de forma diáfana a ese Dios siempre presente en nuestra vida, en nuestra historia personal, comunitaria, universal, compartiendo las necesidades y sufrimientos humanos, así como también las alegrías y esperanzas.

divendres, 22 de gener del 2010

Transversalidad de la Biblia en la pastoral

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Es, sobre todo, a partir de la última asamblea de la FEBIC (Federación Bíblica Católica) que la hasta entonces llamada «Pastoral bíblica» comenzó a denominarse «Animación bíblica de la pastoral». La primera prioridad que señaló la FEBIC para el período 2008-2014 es «la animación bíblica de toda la vida de la Iglesia, de manera que todo el ministerio pastoral esté inspirado y animado por la Palabra de Dios», subrayando que la Palabra de Dios ha de ser el alma (anima) de toda la pastoral de la Iglesia.

De esta intuición se ha hecho también eco el Sínodo de los obispos sobre «La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia» (octubre 2008) cuando, por ejemplo, afirma: «La Dei Verbum [Concilio Vaticano II] exhorta a hacer de la Palabra de Dios no sólo el alma de la teología sino también el alma de toda la pastoral, de la vida y de la misión de la Iglesia (cf. DV 24). Los obispos deben ser los primeros promotores de esta dinámica en sus diócesis. Para ser anunciador y anunciador creíble, el obispo debe nutrirse, él el primero, de la Palabra de Dios, de manera que pueda sostener y hacer cada vez más fecundo su propio ministerio episcopal. El Sínodo recomienda incrementar la “pastoral bíblica” no en yuxtaposición a otras formas de pastoral sino como animación bíblica de toda la pastoral» (proposición 30).

La Biblia tiene una función transversal en toda la pastoral. Nada en la pastoral es ajeno a la Palabra de Dios. Y esto no sólo es aplicable a la pastoral sacramental o litúrgica. Se extiende a la homilía, a toda la predicación, a la catequesis (a toda la catequesis), a la pastoral social, a la de la salud, a la de la inmigración, a la ecuménica y un largo etcétera. La Palabra de Dios interpela a toda la comunidad cristiana y tiene la vocación de informar, de transformar toda la realidad eclesial.

Es necesario, es urgente que la Palabra de Dios recupere la centralidad que le corresponde. En todas las parroquias, en todos los grupos, en todas las comunidades y movimientos ha de ser una prioridad la lectura, estudio, plegaria de la Biblia, en una perspectiva actualizadora, provocadora, transformadora de la propia comunidad. El mismo sínodo de la Palabra pedía «una reflexión teológica sobre la sacramentalidad de la Palabra de Dios» (proposición 7). Es Jesús, Palabra de Dios, quien se hace presente, quien nos habla a través de ella.

Ya no podemos hablar de pastoral bíblica, como si ésta fuese una forma de pastoral, al lado de otras formas posibles. La Biblia es aquel fundamento imprescindible sin el que es imposible hacer pastoral, al menos pastoral cristiana.

Javier Velasco Arias

dijous, 10 de desembre del 2009

Pesebre y Evangelios

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El «pesebre» o «belén» es una tradición popular muy enraizada en Cataluña, aunque no sólo aquí; descubrimos la costumbre del belén navideño por todo el mundo. Podemos encontrar pesebres en muchos países europeos, África, Latinoamérica, Estados Unidos, etc.

Su origen histórico se remonta al siglo XIII. En la Navidad de 1223, Francisco de Asís, en una ermita de Greccio, un pequeño pueblo situado entre Roma y Asís, organizó el primer belén viviente de la historia; incluso consiguió que se celebrase la Eucaristía en el lugar, ante la primera representación viva del Nacimiento de Jesús. La tradición se conservó desde aquel momento y el paso a belenes con figuras fijas no tardó en llegar. La costumbre de pesebres vivientes goza también de una larga historia en nuestras tierras: «El Pessebre Vivent» de Corbera de Llobregat; el «Pessebre» de Bàscara; el de les Torres de Fals; el «Belén de los oficios olvidados» en Sant Guim de la Plana; etc.

Aunque, lógicamente, su inspiración y fundamento son bíblicos, concretamente de los Evangelios. Está cimentada en los datos que nos proporcionan prioritariamente los evangelios canónicos, concretamente los de Mateo y Lucas. Ambos conservan los llamados «relatos de la infancia», aunque con acentos distintos.

En el evangelio de Mateo descubrimos la escena de María con el niño; la de los magos o sabios de Oriente guiados por una estrella hasta Belén, el lugar donde ha nacido Jesús, para adorarlo; la figura de Herodes, la matanza de los inocentes y la huida a Egipto (cf. Mt 2,1-23).

Por su parte Lucas sitúa también la escena del nacimiento en Belén, en un establo, donde María, junto con José, ponen al niño en un pesebre (un comedero de animales), «porque no encontraron lugar donde hospedarse»; el anuncio del acontecimiento, por parte de un ángel, a unos pastores que dormían al raso, indicándoles que es una «buena noticia», una gran alegría para todo el pueblo (cf. Lc 2,1-20).

Lo fundamental de nuestros pesebres –igual que en el de Francisco de Asís– está tomado prestado de estos dos relatos. Aunque la tradición popular ha añadido otros elementos, algunos de ellos proporcionados por algunos evangelios apócrifos piadosos, como la tradición del buey y el asno (o la mula). Como seguramente no son tan conocidos como los evangelios canónicos, los citaré literalmente (indudablemente no debemos dejar de leer y meditar las narraciones de Mateo y Lucas):

El tercer día después del nacimiento del Señor, María salió de la gruta, y entró en un establo, y depositó al niño en el pesebre, y el buey y el asno lo adoraron. Entonces se cumplió lo que había anunciado el profeta Isaías: El buey ha conocido a su dueño y el asno el pesebre de su señor.
Y estos mismos animales, que tenían al niño entre ellos, lo adoraban sin cesar. Entonces se cumplió lo que se dijo por boca del profeta Habacuc: Te manifestarás entre dos animales. Y José y María permanecieron en este sitio con el niño durante tres días.

(EvPsMt XIV,1-2)

Y había en la cueva un buey, un caballo, un asno y una oveja, y junto al pesebre yacía una gata con sus crías; y también había palomas sobre ellos, y cada animal tenía su compañero, un macho o una hembra.
Aconteció, pues, que El nació en medio de los animales, porque vino para liberarlos también a ellos de sus sufrimientos. El vino a liberar a los hombres de su ignorancia y egoísmo, y a manifestarles que son hijos e hijas de Dios.
(EvXII 4,4-5)

El primer texto del Evangelio del PseudoMateo justifica la presencia del buey y el asno a partir de dos citas proféticas: Is 1,3 y Hab (LXX) 3,2; y la presencia de animales se multiplica en la cita del Evangelio de los Doce.

La tradición del pesebre hunde sus raíces más profundas en los datos bíblicos, adornado con alguna otras tradiciones menores de la piedad popular. El pesebre nos habla del verdadero sentido de la Navidad, es una catequesis iconográfica, forma parte de nuestra cultura... Os invito a mantener la buena costumbre de poner el belén en nuestras casas, en nuestros centros sociales, en...

El pesebre nos recuerda que Jesús es «Dios con nosotros»; es presencia amorosa en medio de nuestras vidas, nuestras familias, nuestras comunidades, nuestro mundo.
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Javier Velasco Arias